Cogió las
revistas y las ojeó, mostrando una primera muesca de asombro.
Levantó la mirada y nos escudriñó inspeccionando
con disimulo a quienes se la habíamos ofrecido. Trataba de
averiguar el porqué de aquello pese a no comprender en absoluto
el idioma, perdiéndose la esencia y el alma de las palabras
escritas. Transcurrió un buen rato en el que absorto y aislado
exprimió todo aquello que pudo devorando páginas. Nos
las devolvió con ademanes gentiles bañados de una sonrisa
de agradecimiento y se marchó caminando con la lentitud que
los años le imponían pero con la gallardía propia
de un caballero de otros tiempos.
Me quedé muy perplejo con la observación de aquel anciano,
no llegaba a comprender muy bien porque me había impresionado
tanto produciéndome un cierto desasosiego. Con la bulla de
la exposición, el ir y venir de las personas a nuestro stand,
superé aquel trance pero sintiéndome observado. Me aislé
en un pequeño rincón parapetado tras una jaula llena
de palomas monjitas y traté de cazar con la vista a ese espíritu
que me observaba, averiguar porque me sentía así. Oteé
el pequeño horizonte de aquel palacio de deportes buscando
al posible culpable, perdido entre la muchedumbre que inundaba los
pasillos improvisados por las hileras de jaulas, dejando ver solo
su cara, localicé a aquel anciano que al sentir mi mirada,
la repelió con una dulce sonrisa de complicidad. ¡Vaya
tela con el viejo! Fue mi primera reacción de justificación,
para seguidamente comentarle a Ana lo sucedido buscando una explicación
placentera que me hiciera salir de aquella incomoda situación.
Pasé el resto del día obsesionado con aquel misterio
disfrazado de hombre viejo, pero no lo volví a ver más.
Al día siguiente, cuando más gente teníamos que
atender en aquel proyecto de stand de promoción de nuestra
revista, perdido entre los varios que tenían la publicación
en sus manos, descubrí al anciano de nuevo engullendo números
de Columba que sólo dejaba para mirarme con aquella sonrisa
de extraña connivencia.
En voz baja, serena y muy educadamente me preguntó en un ingles
con fuerte acento alemán, si seria posible atenderlo con un
intérprete amigo suyo. Medio molesto e intrigado le di una
respuesta afirmativa.
Era la hora de comer y el salón estaba vacío, Ana había
ido a tomar algo al bar y yo me encontraba absorto en la lectura de
uno de mis artículos de la revista que hacia tiempo no había
leído, sintiendo esa vergüenza propia de los inconformistas
cuando ven un trabajo suyo. Al levantar la vista estaba rodeado por
el anciano y su acompañante.
¿Por qué hace usted esta revista? Me interrogo el intérprete.
- No lo sé. Respondí, y tras una pequeña pausa
añadí:
Quizás sea porque soy un loco utópico que aún
cree en viejos sueños de niño chico. Tal vez piense
que aunque jamás vaya a cambiar nada, mientras lo intento,
mientras llega la hora de abrir una tumba, hay que hacer algo y sólo
me siento bien haciendo aquello que me mande mis sentimientos.
¿Pero usted tiene muchos problemas con esta revista?
¿Cómo sabia este viejo eso? Me pregunté, tratando
de encontrar algo de lógica a todo aquello.
- Sí, tantos contratiempos - le respondí - que voy a
dejar de editarla, no ya solo por los problemas que me causa, si no
porque presiento que los sueños son de uno mismo y jamás
hay que buscar ni la ayuda de los demás hombres, ni tan siquiera
su beneplácito. Y esto es algo que aún no aprendí
de la vida. Quizás tuviese que aprender muchas cosas antes
de seguir haciendo esta revista.
- ¿Y si dejas de hacerla como escaparás de tu corazón?
Iba a decirle que no terminaba de comprender muy bien la pregunta,
aunque solo era una excusa para ganar tiempo a mis pensamientos, cuando
prosiguió:
- No conseguirás jamás mantener callado a tu corazón
y aunque trates de huir de él, estará siempre diciéndote
que no hay que tener miedo a realizar los sueños, porque el
miedo al fracaso es peor que el propio fracaso y cuando esto sucede
terminamos sufriendo mucho. No hay que tener miedo por buscar los
sueños, cada momento de búsqueda es un momento de encuentro,
de conquista de las lecciones aprendidas mientras íbamos hacia
él. Sólo una cosa hace que un sueño sea imposible,
no emprender el camino por el miedo al fracaso. Tu anduviste parte
del camino acompañado de tu corazón y de tu miedo, oye
al corazón y no al miedo. Y si deseas abandonar porque crees
que el futuro de las palomas ya está escrito, piensa que fue
escrito para ser cambiado.
Sin saber porqué y haciendo gala de mi mala educación,
me había sentado en la única silla existente mientras
oía aquellas palabras que, entre sorprendido y atónito,
me habían transportado a un estado de hipnosis con el más
profundo de mis pensamientos. Cuando recuperé la lucidez me
encontraba sólo acompañado por los rebuznos del caballo
poney que Paco Ibáñez nos había colocado justo
detrás.
Por más que busqué entre los miembros de la delegación
de criadores alemanes a aquel anciano nadie me supo hablar de él.
Me hubiera gustado haberle regalado unas revistas, pero creo que ya
las había leído, creo que siempre desde el número
uno estuvo a mi lado, porque aquel viejo era sólo la imagen
disfrazada de los sueños.
Paco Hernando