Dice
Gabriel García Márquez que la vida no es la que uno
ha vivido, si no la que recuerda para poder contarla. Y también
dice Joan Manuel Serrat que los recuerdos solo son memoria manipulada,
para hacer más feliz el presente. Pese a ello, siempre me gusto
invocar a los que ya están cerca del portal de la inmortalidad,
a esos jóvenes ancianos que aún, a diario, tienen una
ilusión en forma de palomas por la que añorar el amanecer,
a esos apasionados que tras toda una vida criándolas, poseen
una sabiduría imposible de adquirir más que con la experiencia,
y que muy a menudo están cargados de una bondad y generosidad,
que solo la paz del camino recorrido puede aportar al espíritu.
Y es que solo a través de la cultura, del conocimiento y del
saber puede existir el progreso, el problema está donde adquirir
dentro de la Columbicultura esos conocimientos tan necesarios para
que exista en nuestras razas un progreso, una evolución positiva
donde nuestros buchones vayan fijando tipos con respecto a sus patrones
raciales, pero sin tener que otorgar nada a cambio, sin tener que
perder para ello otras cualidades que ya tenían conseguidas.
El lugar indicado para beber de la poca sabiduría referente
a las razas de buchonas, son aquellos maestros que aún tenemos
la suerte de tener con nosotros y a ellos siempre que podemos, desde
esta revista, acudimos. Es esta la historia de Adolfito, un maestro
olvidado, nada inteligente, pero si perseverante, tenaz, constante,
inconformista, humilde y observador, cualidades imprescindibles para
quien pretenda criar buenas palomas.
Supe de Adolfito cuando leí la noticia de que un cruzado de
buchón español había sido encontrado muerto en
Roma tras seguir a su amada - en un viaje de 1359 Kms - una paloma
mensajera soltada en Madrid.
Adolfito era de esos emigrantes andaluces de la posguerra que, dejando
sus familias, sus raíces, sus recuerdos y parte del alma, tuvieron
que buscar otras tierras para pelear con la vida y que encontró
su lugar en el mundo en una portería de Madrid. Pero para Adolfito
no fue tan dramático porque tenía palomas, y eso suponía
poder trasladar consigo parte de la felicidad cotidiana que en el
pueblo poseía. Sus problemas cambiaron de rumbo. Ahora su preocupación
era como mantener aquella colonia de buchones que trajo del pueblo,
porque a partir de ahora, tendría que aprender a vivir su afición
a las palomas en soledad. Ya no existiría más el bar
de la plaza, ni los ratos de los domingos en la azotea con “El
Cabrero”, su amigo de la infancia y de los palomos.
Adolfito tenia tiempo para pensar, sentado detrás del mostrador
que hacia las veces de recepción del portal, observaba pasar
la vida y las personas, con la cabeza en las palomas. Hizo amistad
con un buen mozo, andaluz como él, que siempre le daba charla.
Era el repartidor de butano de la zona que, para sorpresa de Adolfito,
venia casi a diario por las mañanas y a veces hasta después
de la comida y que por hábito se entretenía demasiado
repartiendo las bombonas. A veces Adolfito llegaba a preocuparse de
lo que solía tardar en bajar. Era este un tío simpático,
alto y fuerte, de pelo ensortijado y de tez muy morena, resaltada
por un blanco inmaculado de su siempre sonrisa expuesta, con un lunar
en la mejilla izquierda, algo descarado y muy hablador, aunque no
supiera hablar más que de mujeres, que a Adolfito le gustaban
como a todos, pero el tenía palomas y esto era más importante.
Adolfito era muy observador, como buen palomero, por eso no se le
escapaban los más mínimos detalles de las personas y
era capaz de conocer quien andaba por las escaleras con tan solo oír
sus pasos. Tal es así que antes que el butanero llegase a la
portería, ya él se levantaba para recibirlo, porque
siempre, siempre, andaba silbando canciones melódicas, o hablaba
o silbaba, jamás estaba callado.
Desde que le rompieron la niñez a Adolfito teniendo que dejar
el pueblo, se había aislado de la realidad soñando despierto.
Le gustaba en sus ratos de tedio en la portería, imaginarse
que la casa de vecinos era su palomar, los inquilinos eran todos palomas
e imaginaba como le saldrían los vástagos a las parejas.
Y al igual que con sus palomas, estudiaba el parecido de los padres
con los hijos, pensaba una y otra vez como haría para que los
pichones, los reales y los niños, salieran similares. Tenia,
al igual que los residentes del edificio, una amalgama de fenotipos
en su palomar, no había dos iguales y esto le desesperaba,
tenia la sensación de estar dando palos de ciego, quería
que todos sus palomos fuesen azules, que todos tuviesen esa tirilla
y esa gorguera que tanto le gustaba, que todos arrullasen alto, con
un cuello largo y vertical y que todos le remasen en el aire abarquillando
la cola con el cuello levantado. Pero no había manera, unos
de una forma y otros de otra, solo podía quedarse con un pequeño
porcentaje de pichones todos los años.
Sigue...